Hoy los
Sanfermines son más coloridos y mucho más multitudinarios. Pero los Sanfermines, sobre
todo desde su mención por el escritor norteamericano Ernest Hemingway hoy son además,
con disgusto de algunos, un lugar de paso para turistas. El gran peligro, en el encierro,
es el turista indocumentado, que sin dormir tras una noche de juerga o directamente
borracho, se atreve a correr en el encierro, poniendo en peligro su propia vida y la de
los demás. No consta que Hemingway corriera ni un metro en el encierro, sólo acudía a
las corridas como espectador (buscando ser espectáculo, y a lugares de beber). Un (buen)
corredor en el encierro duerme las necesarias ocho horas previas, se viste de pamplonica
y corre en el encierro recto cuanto puede, vigilando de reojo al toro, sin jamás
llamar su atención.
Digamos por último que se sueltan seis toros bravos y nueve mansos, con lo cual la manada es de 15 toros. Les acompañan los pastores, con largas pértigas con las que les golpean para mantener carrera uniforme, y evitan que retrocedan. La manada puede correr junta o muy desperdigada, y en éste último caso aumenta el peligro. Normalmente, el encierro es más limpio y rápido y sin incidentes con la mayor categoría de los toros.
En el encierro los corredores no corren delante de los toros por la buena razón de ser esos animales más rápidos que el más veloz de los humanos. Si un corredor se coloca delante o a la par, será por pocos segundos y como máximo durante 50 metros, y el conjunto del encierro pocas veces supera los tres minutos. Salen los toros a las ocho de la mañana y su salida se advierte mediante cohetes : el primero con la apertura de las puertas del corral de toros; el segundo indica que han salido ya todos los toros; el tercero, que todos los toros están en el ruedo de la Plaza de Toros (esto es, que ha finalizado el encierro) y el cuarto, que los todos los toros están ya encerrados en los corrales de la Plaza. Normalmente son menos de tres minutos, quizá dos, y toda la ciudad conteniendo la respiración : se recorren unos 850 metros en dos o tres minutos. Desde luego que los toros tienen diversos comportamientos y el peligro es variable, por el grupo y por los toros aislados : unos toros se asustan con la carrera urbana, otros con los miles de corredores que les rodean. Se arropan entre los mansos (toros mansos o cabestros), van adelante por el centro de la calle y si se separan los toros bravos o alguno se queda aislado, el peligro es tremendo y antes de que el toro comience a cornear en todas direcciones, se trata de conseguir que siga su recorrido, reincorporándose a la manada. El rebaño es seguido a la carrera por un grupo de pastores con largos palos, que obligan a los toros a seguir su carrera. Si algún gamberro cita (llama o pretende llamar la atención) al toro, podría caerle algún palo de los pastores que sería muy aplaudido, o incluso algún puñetazo de cualquier corredor : no se debe citar a los toros, no se debe separar la manada. Los toros no persiguen a los corredores, sino que los corredores se incorporan, se ponen delante de los toros. Además de valor, los corredores necesitan sangre fría. Incluso si tropiezan y caen o son empujados por cualquiera, los corredores deben dejarse caer al suelo y protegerse, quizás aguantando algún pisotón, manteniéndose tranquilos hasta que se aleje la manada; mejor si antes de caer, se lanza hacia los bajos de las vallas y se pone a salvo en el otro lado (los márgenes del encierro son los edificios limítrofes, con portales desde luego cerrados poco antes y llenos a rebosar todos sus balcones de espectadores, o bien, en plazas y cruces, unas altas y seguras vallas dobles, y el público sólo puede acercarse hasta la más lejana. En el espacio entre ambas vallas, los servicios de emergencia y de seguridad dejan espacio para los corredores que salen).
Y, ¿el origen del
encierro? en la noche de los tiempos, quizá hace quinientos años. Sencillamente
y como en otros lugares, el asunto era trasladar los toros a los corrales de la Plaza para
la corrida y en algún momento, se les incorporaron los corredores y nació el encierro en
Pamplona. Poca gente sabe de la existencia del encierrillo, muy distinto
: la víspera de cada encierro, los mismos toros corren otro más breve, pero esta vez de
noche, en solitario y es tradición que en más absoluto de los silencios : desde los
Corrales del Gas (abajo de la meseta, en la inmediata Rotxapea), donde conviven sus
últimos días las manadas de las diversas ganaderías desde que los traen a Pamplona,
hasta los corrales de la calle Santo Domingo, situados arriba, en el borde del Casco
Antiguo, desde donde saldrán al día siguiente, en el propio encierro.
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